El individuo
que prevalece no es el más fuerte ni el más inteligente, sino el que se adapta
mejor al entorno, pero, ¿qué pasa si para adaptarse hay que retroceder?
Es que si
vives en una canasta de fruta podrida, ¿lo mejor es comenzar a descomponerse? Dicen
que huir es de cobardes, pero la canoa que acaba pereciendo por falta de
fuerzas para remar es sólo aquella que lo hace contracorriente, pues a favor de
la corriente fluyen los tibios hedonistas que simplemente se dejan llevar, sin
consciencia alguna de su destino, aún sin importar si se dirigieran hacia una
cascada, pues sus preocupaciones se enfocan en cosas como la posición en la que
se recuestan sobre su canoa, o la música que escuchan mientras disfrutan el
paseo, y son felices, al final de cuentas, a mí no me consta que exista dicha
cascada, quizás después de las fuertes corrientes se llegan a aguas más calmas,
donde el movimiento es menos brusco, y el ruido ya no es un inconveniente para
relajarse. Sin embargo, dejarme llevar sería maldecir y escupir al rostro todas
las cosas en las que creo, todo lo que he forjado a lo largo de mi vida, y no producto
de una simple educación, o dogmas de algún tipo, nada de valores hipócritas y vacíos
infundados por los seres más primitivos de nuestra especie, ni religiosos ni
morales, sino simplemente mi verdad.
Una vez y en
algún momento de mi vida conocí a un hombre, era joven, algo inexperto para
andar sólo en el mundo, pero destellaba madurez y reflexión a pesar de su edad,
era de pasos lentos y pensativos, un tanto distraído, pero muy certero cuando
se le requería, se le veía seguido cantando entredientes, como si hablara sólo,
cual loco. Pero no estaba loco, pues a mi parecer se trataba de una persona muy
cuerda, más incluso que la mayoría de las personas que he conocido a lo largo
de mi vida. Esta persona se había preparado para andar en el mundo, se alimentó
intelectualmente y poseía conocimientos para desempeñar un buen rol como ser
humano, al igual que muchos otros jóvenes claro, era además un amante de las
artes, sobre todo de la música, así que también tenía esa sensibilidad que
caracteriza a un artista. Aparentemente tenía todo lo que se necesitaba para salir
al mundo y comérselo a mordidas, pero esta persona carecía de algo, algo que
puede tornarse tan irrelevante o tan primordial según el cristal con que se
mire, y ese algo tiene dos nombres, según el mismo cristal, bien puede llamarse
empatía, u el nombre que le dan los cínicos, hipocresía.
Si bien
sabemos que nuestra especie se trata de individuos sociales, los cuales
trabajan en conjunto para protegerse mutuamente y asegurar una prevalencia en
el entorno, esta característica ha ido girando sobre su propio eje hasta
marearse y volverse una versión distorsionada de sí misma, donde ya no se trata
sólo de protegernos como especie, sino ahora se hace una fragmentación
intraespecífica, donde se protegen en distintos gremios, según sus intereses
personales y objetivos en común, lo cual
asegura la prevalencia de los mismos. Es importante tomar en cuenta que existe
gran variedad dentro de estos gremios, algunos influenciados por distintas
creencias más elaboradas, y otros, simplemente hedonistas.
Yo, personalmente,
creo en el hedonismo, mi manera de pensar y actuar siempre va en función de una
búsqueda interminable de placer, pero no nos confundamos amigos míos, no se
trata únicamente de un placer carnal o mundano mi hedonismo, sino algo más
trascendente, algo que va más allá de un simple placer momentáneo y terrenal,
me refiero a una sensación de bienestar que va más allá de huir de un castigo o
una sanción, de un placer basado únicamente en el producto de una vida de
reflexión y autoconocimiento, como si se tratase de una filosofía elaborada
únicamente para uno mismo. Dicha filosofía hedonista, no se basa en conceptos
complicados, ni en dogmas religiosos de ningún tipo, pero cuenta con la
autoconsciencia de que para que pueda prevalecer sin autosabotearse, como
muchas otras maneras de pensar que nuestra especie ha elaborado hasta ahora, es
necesario que cobije un principio fundamental, principio con el que converge
con otros tipos de hedonismo, y es el hecho de que para que pueda existir un
sentido de evolución casi utópico, es necesario respetar las libertades ajenas,
esto más concretamente significa que nuestro hedonismo debe respetar el hedonismo
ajeno, y viceversa.
Esto se ha
mantenido en muchas cabezas desde hace siglos, y sigue haciéndolo hasta estos
días, sin embargo, existen otras cuya reflexión no hay llegado ni si quiera a
una inauguración, pues el sentido del pensamiento es tan amplio que puede tomar
diferentes caminos, algunos sobre llanuras y planicies, otros sobre océanos, y
otros más por caminos pedregosos llenos de barrancos.
Y cuando un
pensamiento no puede fluir libremente, es decir, como en el caso de los caminos
accidentados y llenos de precipicios y afiladas rocas, no es tan capaz de andar
con claridad ni libertad plena, pues se ve fuertemente influenciada su
trayectoria según el mismo terreno lo
marque, como si se tratara de un camino guiado, una vereda marcada sobre la
tierra, y es ahí, en ese punto del camino, donde el pensamiento se nubla, y
asfixia lentamente su reflexión, pues sino lo hace, podría simplemente caer
hacia los oscuros barrancos, y perderse para siempre en un espacio de delirio y
ambigüedad que nos incapacitaría de comunicarnos con nuestros congéneres a
pesar de hacerlo en la misma lengua.
Así que los
pensamientos sobre estos terrenos deben andar con pasos cuidadosos, evitando
tropezar o resbalarse, para asegurar su prevalencia, aunque este ya no sea completamente
libre de pasos.
El resultado
de esta esclavitud de camino, es una reflexión turbia, casi inexistente, que se
limita a responder al medio, a sus diferentes estímulos, casi como un instinto
más que como producto del pensamiento, de la razón con la que este contaba al
principio del recorrido, y ya no tiene espacio para respetar el hedonismo ni
las libertades ajenas, pues si bien, en ningún momento se le ha encaminado
hacia un camino de maldad o de corrupción, estos pensamientos ajenos ya no
forman parte de su concepto de realidad, es decir, al no tenerlos en cuenta
durante mucho tiempo para evitar caer, han olvidado que existen, y por ende ya
no se toman más en consideración.
A su vez,
esos caminos pedregosos fueron originados por otros pensamientos, que de la
misma manera tuvieron que desviarse de sus libertades de andar para evitar
resbalar, y que en su marcha su reflexión se vio ligeramente mermada, si bien,
ellos creían en sus causas y acomodaron un terreno que pensaron sería gentil
con los demás caminantes, otros no han sabido andarlo de la misma manera que
ellos, y con el paso de las huellas han dado paso a diferentes aspectos que ahora
juegan en contra de la libertad de reflexión, que si bien nunca fue esa la
finalidad ni el objetivo, pero que por diversos efectos de distorsión se han
teñido de esa manera.
Entonces
podríamos decir que esas piedras afiladas y orografía agresiva del camino del
pensamiento son sólo el resultado de un efecto de bola de nieve a lo largo de
más generaciones de las que podríamos imaginar, y se han hecho cada vez más
grandes y notorias con el paso del tiempo, lo cual conlleva que los nuevos
pensamientos ya no tienen ninguna libertad de andar, sino ahora existe un
patrón específico, con las huellas marcadas, iluminadas de señalamientos, a
diferencia de los que andan sobre llanuras u océanos, que siguen siendo
andadores amplios para experimentar cada paso de libertad.
La pregunta para
los pensamientos reflexivos ahora sería ¿Cómo puedo andar sobre estos terrenos
libres y evitar así el esclavismo de mis pasos? Y esa pregunta no tiene una
respuesta tan sencilla de ejecutar, pues para poder llegar a un camino de reflexión libre
es necesario intentar alejarse de las luces y los señalamientos
resplandecientes del camino pedregoso, y esos caminos están disfrazados de
hedonismo puro, y lo hacen bastante creíble, de manera que cualquier mente
inexperta desearía disfrutar esos placeres guiados por sus publicidades
engañosas, ¿pero qué ganan ellos? O ¿quién colocó esas luces siendo que saben
que dicho camino priva de la libertad?
Y la
respuesta es bastante sencilla, ellos ganan más de lo que creen poseer, ese placer
sintético que ha devorado completamente lo que antes del camino era su elemento
más importante, su libertad. Ellos, los que antes anduvieron, se han contagiado
de la adicción al placer, y harán cualquier cosa para seguir alimentándolo,
incluso hacer caso omiso de los sentidos hedonistas ajenos, y lo que ellos
hacen es atraer todas los pensamientos hacia sus sendas, pues de esta manera
podrán continuar alimentándose, monopolizando
el camino del pensamiento, homogenizando a las mentes, para seguir a un fin
común, el cual, como lo mencionaba hace un momento, actúa como un efecto de
bola de nieve, entre más haya, más grande será.
Volviendo a
aquél hombre, él estaba consciente de esos caminos, y en base a su hedonismo
eligió andar por caminos amplios, deslizaba su pensamiento libre sobre las
olas, casi en silencio, sin embargo, esa
amplitud del océano sumada a los secuestros hechos por los luminosos caminos,
lo mantenían solo. Si bien, es buena la soledad cuando se busca la reflexión,
hay momentos también en los que se requiere compañía de otros pensamientos,
pues la retroalimentación es un aspecto importante de la evolución y la
autoconsciencia, que puede servir además como referencia de nuestros propios
caminos, saber qué tan cercanos somos o tan alejados, y en base a qué, es una
manera de respetar nuestras rutas del pensamiento, pero sabiendo que no estamos
del todo solos. Pero quien se encuentra en soledad en todo momento, en un lugar
tan amplio que llega a ser casi infinito, puede desviarse y perderse con
facilidad.
Dicho joven
no era lo suficientemente solitario como para perderse, más sin embargo su
flujo era casi siempre aislado, de manera que sus compañías existían con
relativa frecuencia pero por su misma naturaleza tendían a navegar solos y
libres, dichas compañías eran más bien esporádicas, y así como él, ellas
comparadas con los que elegían los caminos camuflados de luces, eran nulos.
En la
naturaleza las minorías siempre tienden a desaparecer, nosotros no somos la
excepción, dicho hombre envejeció más rápido de lo que lo hacemos, pues después
de tanto tiempo de que se sigue un mismo camino se forma una corriente, y andar
en contra de ella es mucho más desgastante, así que murió en un desierto
grisáceo de indiferencia, a pesar de sus capacidades, no perteneció nunca a un
gremio mayoritario, por lo cual sus oportunidades ante otros fueron reducidas y
subestimadas, al igual que a sus demás compañías, caminó de pasos libres subsistiendo
gracias a su conocimiento y prudencia hasta el final, hasta que un día simplemente
se desplomó.
Todo esto al
final conlleva, así como en su historia como en la nuestra que prevalece día a
día, una gran diferencia entre los distintos gremios de nuestra especie, si
bien la variedad aún existe, e incluso puede observarse mirando un poco a
nuestro alrededor, todos son minorías en comparación del monopolio del
pensamiento, siguiendo exactamente los mismos fines, bien se dice que la unión
hace la fuerza, desgraciadamente en este caso, la fuerza se ha convertido en
presión desde hace mucho tiempo. Y esas minorías libres son sólo una mancha
colorida en un fondo uniforme, y como tal, la mayoría, por efecto de cantidad y
fuerza, ha elegido la manera y los estándares en función a sus intereses la manera
en que en su camino se recorre, el cual ahora es
prácticamente el único camino en base a su éxito de elecciones, y se ha
expandido en concepto de materia, dejando apenas una rendija para los que
buscan una alternativa, entonces entenderíamos mejor porqué muchas mentes prefieren
huir de este plano de existencia, pues ahora el espacio para andar es tan
sólo una rendija, que se expande una vez
dentro, pero para encontrar dicha rendija, se requiere observar con cuidado,
pues las luces brillan ahora más fuerte que nunca, y pueden dejar ciego con
facilidad.