Era una tarde color humo, como esas en las que
se piensa que en cualquier momento podría caer el cielo a pedazos, y un
horizonte que daba a una infinita profundidad, en una vieja residencia alejada
de cualquier lugar, con una fachada como de tiempos victorianos, hermosa y lúgubre
al mismo tiempo, un sentimiento de resignación y desesperanza podía percibirse
desde dentro de las ventanas, desde donde miraba yo. Dentro de ella se llevaba
a cabo algo parecido a un macabro experimento social con varias personas, disfrazado
de concurso, el que dejaban a catorce
participantes viviendo dentro de la casa sin ningún tipo de explicación o
instrucción más que el hecho de que debían cumplirse las tareas de cada uno, en
tiempo y forma, con una hora de comida establecida para todos los
desafortunados participantes, nos dejaron cerca de un mes, y de alguna manera
parecíamos comenzar lentamente a acostumbrarnos. No fue sino una mañana muy lluviosa, donde parecía
que el cielo nos compadecía con su llanto por lo que estaba a punto de
comenzar, mientras esos altavoces empolvados que reposaban en las esquinas superiores de
varias habitaciones de la casa, realmente viejos y gastados, con un sonido
chirriante y de estática de fondo, comenzaron a funcionar.
A partir de ese momento, comenzó la competencia, nos lo aclaró la distorsionada y perturbadora voz, el espectáculo humano donde cada noche debía morir alguien, el número de participantes era similar al número de noches que tenían que cubrirse a partir del inicio de esta, de modo que de los catorce, de los mismos con las que poco a poco nos habíamos familiarizado, sólo sobreviviría uno, mientras que los demás serían asesinados uno a uno cada noche ante la llegada de “ellos”, un pequeño grupo de entidades, personas, o monstruos, no sé, que jamás debían ser vistas sino solo por el pobre seleccionado para morir esa noche. Para ganar la libertad, uno antes debía sobrevivir hasta la última noche, donde a los dos finalistas se les daría una llave, la cual abriría una especie de horno muy antiguo, donde el más apto de los dos sobrevivientes lograría ponerse a salvo, mientras el otro sería arrastrado de la habitación violentamente, y a través de las pequeñas rejillas de la puerta podría verse todo el espectáculo sin correr peligro. Así permanecería hasta ser rescatado en la mañana ganando su libertad automáticamente.
A partir de ese momento, comenzó la competencia, nos lo aclaró la distorsionada y perturbadora voz, el espectáculo humano donde cada noche debía morir alguien, el número de participantes era similar al número de noches que tenían que cubrirse a partir del inicio de esta, de modo que de los catorce, de los mismos con las que poco a poco nos habíamos familiarizado, sólo sobreviviría uno, mientras que los demás serían asesinados uno a uno cada noche ante la llegada de “ellos”, un pequeño grupo de entidades, personas, o monstruos, no sé, que jamás debían ser vistas sino solo por el pobre seleccionado para morir esa noche. Para ganar la libertad, uno antes debía sobrevivir hasta la última noche, donde a los dos finalistas se les daría una llave, la cual abriría una especie de horno muy antiguo, donde el más apto de los dos sobrevivientes lograría ponerse a salvo, mientras el otro sería arrastrado de la habitación violentamente, y a través de las pequeñas rejillas de la puerta podría verse todo el espectáculo sin correr peligro. Así permanecería hasta ser rescatado en la mañana ganando su libertad automáticamente.
Para tener derecho a participar por una noche más
de vida, debían cumplirse ciertas tareas durante todo el día, pero no cualquier tipo de tareas, sino de tipo surrealistas, que incluso rayaban en lo absurdo, carentes de significado. Una de las tareas
que recuerdo fue transportar unas gallinas en una balsa, debía cuidar que
ninguna cayera al agua, y llevarlas al otro lado del agua, cabe mencionar que esto era en un pantano donde había
caimanes y cocodrilos, así que también debía cuidarme. Otra tarea de tantas que
tuve que realizar fue la de llevar un pájaro muy colorido y sin alas a una
cabaña vieja, custodiada por linces ciegos, tuve que escabullirme despacio para que los invidentes felinos no intentaran atacarme o a la pequeña ave, y debía colocarlo dentro de una jaula dorada, y no retirarme hasta
que esta comenzara a cantar. Otra que recuerdo muy bien fue la de ponerme una
especie de traje antiguo, como de burgués, que tenía unos resortes muy elásticos
y delgados, que simulaban ser hilos unidos a unas estructuras de madera, luego
debía maquillarme de la manera que se me había indicado, utilizando una peluca blanca
de tipo aristocrática al mismo tiempo, y debía bailar al ritmo de una caja
musical antigua fingiendo ser una marioneta, dentro de una habitación con muy
poca luz, todo esto mientras una mujer muy
anciana y tuerta me contemplaba sentada en una mecedora, su rostro no reflejaba
expresión alguna, era como si estuviera muerta pero con los ojos abiertos, yo
intentaba moverme con la mayor gracia posible, movía mi cabeza en círculos al
ritmo de la empalagosa melodía de la caja, el objetivo de esa tarea era hacerla
sonreír, pero la anciana tenía un rostro tan duro como el de un guardia inglés,
la canción llegó a una zona media con un arpegio bastante curioso, así que
intenté dejarme llevar, comencé a
adoptar una posición parecida a la de una bailarina de ballet de esas cajitas
musicales antiguas, mientras giraba despacio sobre mis puntas de los pies,
luego de unos cuantos giros mientras uno de mis puntiagudos zapatos se
levantaba del piso en una exagerada zancada, movía la cabeza hacia delante y atrás,
mirándola fijamente a los ojos, y mis manos se movían en forma de olas, luego
la otra pierna realizaba la misma acción, dando una lenta caminata hacia la
anciana, una escena algo perturbadora, pero estando a un par de pasos de la
anciana, ella comenzó a hacer una mueca aterrorizantemente tranquilizadora, era
una sonrisa bastante macabra, pero comenzó a aplaudir a un ritmo torpe y
pausado, lo que significaba que había logrado mi objetivo. Todas estas bizarras tareas debían llevarse a
cabo antes de una hora establecida, que era la hora de ir a dormir, ya en los
dormitorios, a determinado momento de la noche, “ellos” llegaban, después de
que se escucharan unas campanadas, se escuchaba el sonido de las puertas
rechinar hasta abrirse, y un viento frio inundaba el gran dormitorio, el pavor
de la escena llevaba a cubrirse el rostro con las sábanas, pues teníamos
prohibido mirarlos, aunque si no lo estuviera, tampoco hubiera querido verlos. Entraban en silencio y todo el dormitorio quedaba en silencio alrededor de un
minuto, mientras elegían al “menos apto” mientras fingíamos estar dormidos, permaneciendo
inmóviles y solo rezando para no ser el seleccionado de la noche, el silencio
era roto bruscamente por los gritos del desafortunado pero nadie veía nada,
tampoco sabía cuándo le tocaría sino hasta el momento en que era arrancado de
su cama. A veces los gritos eran tan horripilantes que ni siquiera era uno capaz
de reconocer la voz de la persona que se llevaban, y de modo que nos levantaban
muy temprano a iniciar con las tareas y
a diferentes horas, a veces no sabíamos hasta la hora de la comida a quién
habían llevado.
Ya habían pasado varias noches, los
sobrevivientes habían sido elegidos y arrancados del dormitorio uno a uno, como
las reglas lo indicaban, ignorábamos que era lo que sucedía después de ser llevado
por “ellos”, sólo se sabía que al final morían, pero por alguna razón el solo pensarlo
erizaba cada uno de los vellos de nuestro cuerpo, algunos se suicidaron al ver
que no habían cumplido todas las tareas del día, aunque nadie sabía qué tareas
cumplían o no los demás, ya teníamos
prohibido hablar de eso, o a veces todos cumplíamos todas, así que el siguiente
criterio de selección era al estar más debilitados, pues algunas tareas eran
tan severas que uno fácilmente salía con heridas durante su realización, de
modo que la presión a veces hacía perder la cabeza de los más lastimados, pues
sabían que ellos serían los posibles condenados.
Sólo
quedábamos mi hermano y yo, habíamos tenido la fortuna, supongo, de escuchar una noche antes como nuestra mejor
amiga era arrastrada mientras rogaba que fuéramos elegidos cualquiera de
nosotros en vez de ella. Ambos habíamos cumplido todas las tareas hasta ese día,
pero sabíamos que sólo uno saldría con vida. Nos vimos las caras una vez más en
la hora de la comida, la cual siempre estaba
servida a nuestra llegada, era una comida insípida, incolora y con un olor
raro, pero a la que nadie antes le hizo el feo. Comimos mirándonos, sin decir
una sola palabra esta vez, luego que terminamos volvimos a cumplir diferentes
tareas cada uno igual que siempre.
Esa noche, la cual sería la última para alguno
de los dos, y por lo tanto también del enfermo espectáculo. Nos sentamos, cada
quien en su cama, se sentía un ambiente pesado, lleno de apatía e indiferencia,
pues siempre estuvimos al pendiente mutuamente de nuestro bienestar,
remendándonos heridas a la hora de la comida, con apoyo moral, entre otras
cosas. Pero esta noche, ambos deseábamos que el otro estuviera más herido que uno.
Las tareas de ese día habían sido más sádicas y extrañas que las de días
anteriores, una de mis tareas consistió en arrastrar a un hombre enano jorobado
que al parecer estaba sedado además de amordazado, lo arrastré por un corredor
muy largo, para llegar a un corral, donde aguardaban dos enormes y agresivos
potros negros, que apenas me vieron acercar, comenzaron a relinchar con fuerza
y a intentar morderme, pero estaban amarrados con unas gruesas cadenas, así que
coloqué al enano en la marca correspondiente, luego tuve que despertarlo a
cachetadas y sacudidas, para finalmente salir del corral y soltar a los
caballos. En el segundo que el enano recobró el conocimiento y observó a los caballos comenzó a implorarme piedad mientras las
oscuras bestias pisaban con fuerza el pequeño y deforme cuerpo del enano, para
luego morderle el cuerpo y finalmente, al dejar el cuerpecillo inmóvil y
mallugado, comenzaran a pelear brutalmente.
El otro objetivo consistió en cocinar a un pequeño niño sin piernas, era
casi un bebé, como de uno o dos años, probablemente no tenía piernas por
problemas de nacimiento, tenía ojos azules, y cabello claro, mi tarea consistió
en meterlo en la olla de aceite caliente, y dejarlo ahí dentro hasta que se
cociera bien, fue una tarea muy dura, pues el pequeño intentaba salirse
sujetando fuertemente el borde de la olla mientras lloraba por el ardor del
aceite, yo debía mantenerlo dentro, quemándome los dedos más de una vez al sumergirle la
cabecita dentro del líquido casi hirviente, sus manitas sujetaban fuertemente
mis dedos, como rogando que lo sacara, pero tuve que ser fuerte y aferrarme a
mi propia vida, quitando sus pequeñas
manos cocinadas mientras el pequeño lentamente dejaba de luchar. Luego que por
fin dejó de moverse, lo saqué de la olla
y lo coloqué sobre una bandeja metálica, en medio de algunas hojas de lechuga,
tal como la tarea lo especificaba.
Fue un día duro, pero lo había logrado. Mi hermano me miraba con un gesto indiferente, casi rencoroso, creí que lo mejor sería descansar, pero cuando
me acosté en mi cama, sentí como si algo me quemara la cara, era mi
almohada, que estaba húmeda de una
especie de sustancia ácida, que había sido utilizado en una de las tareas de
alguien, rápidamente con mi camisa comencé a limpiarme aquella sustancia
levantándome de un salto de la cama, quejándome por el punzante ardor. Cuando acabé de
limpiarme, noté que mi hermano continuaba mirándome, sin decir nada, sin emoción
alguna reflejada en su rostro, en ningún momento si quiera se levantó de la
cama para ayudarme, ni dijo nada después. Creo que era obvio lo que estaba
pasando, y justo antes de que pudiera decir algo, se escuchó ese viejo altavoz
una vez mas, anunciando que esa noche sería de cortesía para los finalistas, así
que podíamos dormir tranquilos, ambos
nos miramos de nuevo, y sin decir nada salí del cuarto a pasar la noche en otro
sitio.
Al otro día, como era habitual, fuimos después
de la alarma para revisar las pizarras, donde había cada una por participante,
con su nombre y sus respectivas tareas, cubiertas por una manta cada una, solo
podía verse la que le correspondía a uno, a pesar de que no parecía haber
cámaras que te vigilaran o algo más que viejos altavoces, durante los catorce
días de muerte nunca nadie se atrevió a desobedecer.
Mis tareas comenzarían en dos horas más, así
que tenía tiempo para disfrutar mi día, me senté en unas piedras miré el amanecer, y conforme esto ocurrió fui
a prepararme para mis tareas.
Ese día no vi a mi hermano, la comida me fue
llevada hasta donde cumplía mis deberes, los más simples y burdos de todos los que llevé
a cabo, lo único que tuve que hacer ese día fue arrancar con una vara un panal
de avispas que colgaba de un árbol, y tirarlo al pantano, otra consistió en
sembrar unas semillas a fuera del corral de los caballos, de manera equidistante, y la última, fue la de
escribir mi nombre en la pared encima de mi cama. Al final del día, fui citado
en el comedor, donde también estaba mi hermano, había una llave para cada
quien, e indicaba que era lo que abría, el horno antiguo que los altavoces mencionaron antes, donde cabía
una persona, con una rejilla en la puerta, ese horno estaba ubicado al otro
lado de la residencia, en una cocina como de la época medieval, construida de
piedra de río, no sabía dónde estaba ese sitio, y al juzgar el rostro de mi
hermano, tampoco él lo sabía, pero a cada quien se le dejó una hoja con
instrucciones para encontrarla, ya había oscurecido, y había algo de niebla
afuera de la casa, teníamos alrededor de media hora para que uno de los dos se
resguardara dentro del horno y así ganar el concurso y su libertad, así que sin
si quiera mirarnos comenzamos a atender la hoja, de manera que en unos 20
minutos yo ya estaba llegando al lugar, una construcción pequeña y chueca, muy
vieja, era algún tipo de cabaña, apartada de la residencia, con
apenas una leve luz que dificultaba la visibilidad, entré de manera silenciosa,
y no vi a mi hermano, pasé por un par de puertas y ahí estaba mi salvación, me
acerqué al horno lentamente, pasando por un baño entreabierto, y un cuarto
donde se guardaban cosas viejas, mientras caminaba en cuclillas, voltee
rápidamente al escuchar un rechinido en el piso de madera, y lo vi, era mi
hermano que sujetaba una botella rota en
la mano, sin decir una palabra se me lanzó encima intentando apuñalarme con la
botella, pero lo sujeté y comenzamos a forcejear, el comenzó a darme golpes y
patadas, e intentó golpearme contra la pared del baño, pero su condición no lo
favorecía, tampoco su joven edad, y de un golpe en el rostro lo hice para
atrás, él era menor que yo, y estaba más debilitado por las tareas, así que
pude quitarle la botella con la misma que lo golpee sin piedad, luego comencé a
golpearlo en el estómago con el puño,
mientras él apretaba con fuerza sus dientes por la impotencia e intentaba con desesperación hacerme daño de algún modo. Ya
habíamos estado peleando algunos minutos, hasta que comenzamos a escuchar las crudas
campanadas, rápidamente lo tomé del rostro con fuerza, intentando terminar con
la riña, y sumergí mis dedos pulgares en sus ojos, con todas mis fuerzas, hasta
que escuché un leve crujido, el gritó con desesperación y sordo dolor, luego lo solté y
corrí hacia el horno, saqué la llave, entré en el horno y cerré, mientras él
sin poder ver intentaba llegar al horno gateando ciegamente, voltee a verlo, y
vi como se hincó a unos metros del horno, parecía mirarme aunque sus ojos estaban destrozados y sus cuencas oculares
llenas de sangre que escurría por su rostro, comenzó a azotar la cabeza contra
el piso fuertemente, que acompañaba con una especie de gemidos epilépticos
desesperados como si quisiera dejarse inconsciente, justo antes
de que detrás de él aparecieran unas siluetas, las mismas que se encargaban de
llevarse a cada uno las noches anteriores, ya no quise mirar, me voltee y cerré
los ojos apretando los dientes, tratando de no escuchar cómo se lo llevaban aún
consiente de la habitación.
Luego de unos segundos, todo quedó en
silencio, y tuve una sensación de culpa y tranquilidad, como si a partir de
ahora todo fuera a mejorar para mí,
esperé toda la noche ahí dentro para que pudiera ser rescatado a la mañana siguiente.
Al otro día, escuchando el rutinario canto de
los gallos, mientras continuaba esperando, noté que todo permanecía aún en
silencio, cuando salió el sol salí del horno para ver si ya habían llegado a
rescatarme, pero no había ninguna señal
de vida en toda la cabaña, ni en la residencia, estuve gritando para
saber si había alguien, pero nadie me respondió, caminé hacia la sala de estar,
y ahí, en donde estaban colgadas las pizarras, he visto que la mía aún tiene
esa manta, bajo la cual esperan nuevas tareas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario